Soñé que la veía en el aeropuerto. Llegué tarde, como es mi costumbre... quizá fue demasiado el tiempo que dediqué a mirar por la ventana esperando que los primeros rayos de sol intentaran filtrarse entre ese cielo gris; quizá no debí dedicarle tanto tiempo al baño, aunque quedarme en silencio con los trinos del agua cubriéndome siempre resulta demasiado terapéutico. El hecho es que ahí estaba, tarde ya, corriendo, chocando y abriéndome paso entre la gente.
Bien podría vivir en algún aeropuerto por el resto de mi vida; adivinar la historia que carga cada rostro que se cruza a mi vista, enamorarme de dos a tres veces por minuto, mezclarme en las olas de ese mar de personas. Pero hoy no. Hoy era un lugar incierto del que quería huir con esa persona, pero no la encontraba.
Desde la primera vez que pise un lugar como ese, tuve la certeza de que en el amor de mi vida me esta en algún aeropuerto sin saber a quien espera.
Iba pensando en aquella mujer que acompañé a la puerta de su casa después del café. A decir verdad, no creo conocerla, sin embargo, la sé mejor que ella misma. Yo la abordé una tarde de invierno. De pronto ella me hablaba y yo sin saber que rayos contestar. Pensaba también en lo mucho que me gusta el café, mientras salía su olor de alguna cafetería que no lograba encontrar; en cómo logra reconfortarme, que es de las pocas amarguras que busco y soporto en esta vida.
Alguien me sonríe y me obliga a interrumpir mis reflexiones para pretender sonreírle. Ya no me fio de las mujeres a simple vista, siempre me resultan complicadas por más meticulosas formas que tenga para escogerlas. Comienzo a creer que soy yo quién saca su lado obscuro pero me sigo engañando diciendo que hace tiempo me atrae más la locura que la belleza. Soy muy bueno en detectar una buena taza de café sólo con el olfato pero siempre me equivoco al escoger a mi pareja, se me atrofian todos los sentidos y la conexión mente-corazón se pierde pero, de eso se trata el amor, supongo.
Tal vez por eso me encontraba en el aeropuerto esquivando personas y pensando, tratando de caminar cada vez más rápido. Nunca he sido veloz como gacela, la poca gracia que tengo para esas artes la adquirí con los años de futbol americano, años que terminaron con la llegada de la segunda persona de la que me enamoré; sin embargo ahora corría más ágil que nunca.
Afuera se escuchan los aviones despegar, lo que me hizo recordar que parecen ballenas, ballenas aéreas. Y de pronto, ahí entre la multitud estaba ella... inconfundible. Tal y como la recordaba aquella noche en la puerta de su casa, su cabello lucía mas corto, pero era ella sin dudarlo. Todo se movía alrededor, excepto ella. Se le veía contenida, quizá un poco cansada, camine más a prisa hasta casi correr a ella. Un beso y un abrazo fue por lo único que estaba en ese lugar. Un abrazo de eso que te hacen cerrar los ojos. Alguna vez escribió algo que me robó las palabras, que las convirtió en mariposas y yo sólo me quedé ahí viendo cómo volaban. Me di la vuelta y me fui. Me olvidé de huir, desapareció la gente, se redujo el lugar, el olor a café permanecía, su olor, su abrazo y su recuerdo.
Ahora era yo quién le sonreía a las personas a mi paso.

