(A mis Brujas Amadas...)
I
Las viejas reúnen sus voces frente al fuego.
Arrojan el frió de sus manos,
la humedad envolvente en el mar de la desdicha.
Ahí, las ánimas abandonan el capullo cenizo
por la espesa carne que chilla en las sombras.
Las hierbas expulsan su verde melancólico y su flor mas intima
mientras el pájaro abandona el nido arrugado para crecer su vuelo
en la madrugada primogénita.
Por la noche, el reptil calienta su lengua y el insecto revuelve la sangre,
para ser presa eterna multiplicando su sed en la entraña.
Ellas dejan caer sus corazones negros,
hunden su grito en el vértigo y muerden, en su trance, los pechos del bosque.
Ahí, ante la parvada del fuego,
ante el verde tenso de la hierba, las Brujas Dividen La Sal.
II
Toco la luz.
Nada en ella enciende la hoguera.
Un rojo nostálgico atraviesa la sangre.
En mis dedos en fuego danza, sus plumas doradas tiemblan,
ánimas azules revientan su ardor.
Abro la piel del mundo.
Mi lengua posee el hechizo tejido debajo del mar por pájaros blancos.
No nací para contemplar la tormenta.
Yo soy el trueno, su brillo terrible desgarrando los muslos húmedos de la noche.
Afuera: la belleza.
El caos revolcándose en su libertad de asombro.
Las criaturas renacen en lo informe, se encarna lo innombrable.
Vorágine fiesta.
Carne sin cuerpos.
Mar sin espuma.
Sonido sin voz.
Amor al fin: Omega devora Alfa devora Omega, la cola de Ouroboros.
He visto el caldero, la negra miel de su sexo.
Mundo frágil, mínimo animal.
Obeso caracol,
azar petrificado.
Arde la hoguera,
En mis ojos hierve el misterio,
Heridas discretas.
El oval no dejar de sangrar sus mieles.
El secreto: Thelema.