martes, marzo 26, 2013

De repente pareciera que la gente llega a tu vida para demostrarte que puedes seguir sin ellas,o para comprobarse a sí mismas lo inútiles que son para los demás. ¿Es tan difícil aceptar la soledad como todos hacen creer? Me niego a creerlo, la verdad.

Pienso, por ejemplo, en todas los muñecos decapitados y carros destartalados que tuve durante mi infancia. No eran así porque fuéramos pobres y los recogiera de la basura para jugar con ellos; eran así porque encontraba divertido verlos sin cabeza pero vestidos de modo elegante; y por que me gustaba experimentar con mis juguetes. A veces disfrutaba intercambiándoles la cabeza y admirando su intercambio de personalidades; o las llantas y artefactos de los autos grandes a los pequeños y viceversa. Sin embargo, la mayoría del tiempo prefería verlos decapitadas y platicando entre sí, aun cuando entendía que sin cabeza nadie habla. O eso creía entonces. Recuerdo a mi madre diciéndome lo bonitos y costosos que habían sido algunos de esos juguetes y lo malagradecido que yo era por no saber apreciar semejantes cualidades en un producto de plástico. "Muchas niños quisieran tener por lo menos uno, aunque fuera usado", me decía. Yo no le decía nada, pensaba que quizá algún día terminaría por entender que no le tocó tener un hijo que compartiera los mismos sueños y deseos que ella tuvo en su infancia. Nunca pasó. Más tarde entendí que mi madre sólo buscaba satisfacer sus carencias como parte del viejo cliché quiero que tengas lo que yo nunca tuve, por eso nunca le dije lo mucho que odiaba los muñecos que me regalaba y las ganas que tenía de prenderles fuego (tal y como hacía con todo tipo de insectos que me encontraba en el jardín). Me gustaba la ilusión de sentir que no soy tan egoísta.

Supongo así es con todas las personas, de ahí mi ejemplo: todas buscan ser relucientes, bonitas y perfectas, ser suficientes para que alguien más acepte compartir buenos momentos con ellas. La misma esperanza que buscaba simbolizar mi madre regalándome muñecos y carros plásticos es lo que todos quieren para sí. Yo no tengo interés en eso, a mí simplemente me interesa ver cómo andan muchos por la vida: decapitados y sin darse cuenta. Como mis muñecos.Como los unos quieren ser los otros por muy ridículos que se vean en el intento. Como mis carritos. Eso me mantiene tranquilo al saberme imperfecto.

Por eso quise ser doctor, supongo (otra vez). La idea de estar rodeado de gente agonizando me resulta un poco paliativa ante el deseo de ver al mundo decapitado (conmigo como su verdugo, claro está). Mi labor favorita sería la de ayudar y servir a los pacientes con enfermedades terminales. Sin embargo, me gano más mi asco por los humanos y claudique. Aún así -aquí vienen mis contradicciones-, el altruismo siempre sale a flote ante la compasión y lástima. Piénsalo, ¿acaso no es sorprendente que alguien se preocupe por no cagarse en la cama o por tener una almohada más cómoda cuando su muerte ya quedó más que firmada? Pero eso es lo de menos, me alegra la idea de ayudar a un ser moribundo a seguir viviendo: prolongar su dolor con autorización me resulta placentero, nunca antes hubiera creído lo tolerantes y masoquistas que son algunos ante la tortura. El dolor ajeno me dibuja sonrisas que luego no sé cómo explicarle que se supone estoy tratando de ayudar a sentirse mejor, qué le voy a hacer.

Otra cosa que da risa es escuchar a todos lamentándose cómo no han hecho nada con sus vidas y lo arrepentidos que están ante haber desaprovechado el mundo. Los deseos de reconciliarse con un Dios que, de existir, seguro también disfruta el dolor ajeno. Carajo, no hay peor "hubiera" que los de un moribundo. La búsqueda de comprensión y compasión es todo un espectáculo. Les digo que no piensen en eso, que ser un perdedor no es tan malo como todos lo pintan. Y es que siempre las ganas de vivirme han resultado repugnantes. ¿Que entonces qué hago aquí? Me divierto viendo cómo cada vez hay más decapitados al mismo tiempo que intento vencer a mi ego en la lucha por concederme el suicidio antes de que el cáncer me gane.

A decir verdad, nunca he tenido grandes aspiraciones. De niño, junto con la obsesión porque adquiriera el gusto de jugar con juguetes, a mis padres les dio por inscribirme a lo que se les ocurriera para combatir mi hiperactividad. De todo lo que me obligaban a hacer excusados por las ganas de que no me faltara nada, tocar el piano era lo único que realmente me gustaba. Nunca lo supieron. No sabían que, además de mis clases, cada vez que me quedaba solo en casa tocaba y tocaba más de lo que mis dedos y su dolor permitían... exagero, hasta que el tedio y aburrición me lo permitieran. Siempre creyeron que era bueno y ya, nunca busqué que pensaran nada más; creo que en cuanto el resto sabe lo mucho que te gusta algo, hacen hasta lo imposible porque trates de explotarlo y entonces terminas perdiéndole el gusto. Por eso quise elegir una profesión simple que me permitiera tocar todo el tiempo que quiera sin sentirme comprometido con nada. Por eso no soy lo que los demás esperaban de mí.

Actualmente ya casi no toco, más me hice de un nuevo entretenimiento: melomanía le llaman. La razón por la cual disfruto tanto la musica es porque no conozco mejor manera para resolver la tristeza. Creo que escuchar una bella melodía es la única forma decente de compartir un sentimiento, sobre todo uno tan especial, por eso no entiendo a esas personas que son capaces de contarle al otro lo triste que se sienten o lo mal que les está yendo en busca de un consuelo. Como si eso resolviera nada. Siempre he pensado que es mejor tomar cualquier mal sentimiento por la fuerza y someterlo, convertirlo en un sonido grato y placentero. En mi caso, la tristeza es el sentimiento más íntimo que conozco. Compartirla me parece un acto de cobardía y abuso de confianza, por eso siempre tocaba sólo para mí.

Hoy no creo que necesite más compañía que un piano, un montón de album's mis manos y mis oídos. No necesito a nadie para hacerme compañía o para compartir qué tal estuvo mi día, me es suficiente cerrar los ojos y dejar que mis manos y oídos hagan el resto. De ahí que las personas me parezcan desechables. De ahí que el sexo nunca me resulte tan satisfactorio como lo deifican. De ahí que nunca, según los que saben, dejaré de tener mi válvula de escape. Soy solo, y mi música, claro.

Al final, creo que vivimos según la manera en la que queremos rellenar nuestras tumbas. "Somos cementerios andantes", me dijo alguien alguna vez.

Y si lo anterior es cierto, prefiero mantener mi tumba lo más vacía posible. Sólo quiero que haya espacio suficiente para mis discos y las cabezas de mis decapitados favoritos.

Habrá que ver, tal vez sólo sea necesario que me entierren sin ego.

*Parte de los relatos de quienes no existen. De los que mueren en soledad en un hospital. De un cementerio andante...

Melodías Personales...

domingo, marzo 10, 2013

No tengo muchos recuerdos de mi infancia, por lo menos no unos muy claros. Me provocaban mucho morbo las conversaciones de los adultos, creo que en gran medida estaba mucho más interesado en crecer que en jugar con mis pares, quiza sea la razón por la cuál siempre tuve amigos con mayor edad. Recuerdo que como a los nueve años hicimos un sepelio para Capi's, nuestro perro alaska que pocas veces era realmente blanco como debería de ser y que tenía la misma edad que yo hasta el día de su muerte; también de un día que fuimos a un rancho en donde celebraron un bautizo. Se hizo de noche y pasamos horas cazando luciérnagas que nos frotábamos luego en la ropa o guardabamos en los bolsillos. No recuerdo de mucho más. De adolescente era ya más clara mi urgencia por parecer hombre y poder hacer cosas como beber y entrar a bares, por suerte o desgracia mi primo me ayudó con eso y a los doce ya sabía lo que era una resaca y tuve mi primer tatuaje -en un principio era un ave fénix excelsa, ahora sólo un guajolote-. Cuando por fin tuve a esa edad en la que se puede consumir alcohol legalmente, llegó la etapa del piterpanismo y me rehusé (en realidad me sigo rehusando) a crecer muchos años hasta que fue inevitable y me vi en la necesidad de, a punta de bofetadas, asumir lo que ahora soy. Todo eso pensaba mientras veía Amour (última película de Haneke) porque siempre, gran parte de mí le teme profundamente a convertirse en anciano...

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Hasta hace unos días seguía en instagram a Naomi O, una japonesa que fotografía comida y naturaleza, pero principalmente comida. En algún momento me llegó a obsesionar su vida. Pareciera que todo lo que la rodea es perfecto: sus muebles, su casa, sus utensilios de cocina. La manera en la que muestra al mundo su almuerzo del día es tan impoluto y bello que irrita. He llegado a imaginar tantas cosas detrás de esas imagenes, es decir, toda una vida llena de lujos y pretenciones dignas de un narco o gangster. Y nada, decidí dejar de seguirla. Habemos quienes un día simplemente ya no podemos con tanta perfección...

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Hay quienes cantan en la regadera. Yo, en cambio, doy ponencias. El otro día impartí una sobre uso del polisíndeton en un texto de Macedonio Fernández. También hago disertaciones en torno al amor o simplemente justifico mis fracasos: "¿por qué en un año de latín no logré aprender nada?", por ejemplo. Y pues, eso...

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Hoy me compré unos cd's porque estoy aburrido y los pondré en instagram; o cómo la foto de unos cd's nuevos también puede fungir como la más hermosa postal de la derrota y algo de felicidad...

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Odio los Domingos...

Antología De Fotografías Tituladas "Domingo"...

Probando lenguas...

Tarareando

Raconte-Moi Une Histoire by M83 on Grooveshark

Rayar aquí...