Hace mucho que hace poco llamo mi atención… apenas nos presentaron y ya había imaginado todo lo que podía hacer con ella.
Y entonces la vi, con su minifalda, borracha, con el pelo vomitado y el escote tan abierto como mi mente (porque, open mind, obvio) y pensé: “modales, métanse alv (dice la chaviza); a esta no se los presentaré”.
La relación estaba prosperando, me asustaba verla como algo serio; había llegado el momento de dar un paso importante: que me mandara fotos en calzones.
Ella podía hacer muchas cosas a la vez –llorar, gritarme que era un animal y arrojarme cosas -, mientras yo solo podía cagarme de la risa.
Y por fin llegó un “Te amo…”, fue un cliché y fin de todo lo que pudo ser. Se me salió decirle que estaba drogada y que me dejara ir, si regresaba es porque si la quería, si no, solo había sido una mala alucinación y que me culpará por no saber qué hacer con tanto.
Y por más que esperamos, el amor nunca salió; sufrió de pánico escénico. Cual dama y caballero, no nos quedo más nos abrimos la puerta mutuamente para retirarnos a la chingada...
Atentos: al poco tiempo me enamoré de alguien que no pudo amarme y a quien sentía toda la necesidad de darle el amor que me había quedado por darle a quien no supo esperar. Y así seguiremos cargando los “te quiero” de alguien más.
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