No tengo muchos recuerdos de mi infancia, por lo menos no unos muy claros. Me provocaban mucho morbo las conversaciones de los adultos, creo que en gran medida estaba mucho más interesado en crecer que en jugar con mis pares, quiza sea la razón por la cuál siempre tuve amigos con mayor edad. Recuerdo que como a los nueve años hicimos un sepelio para Capi's, nuestro perro alaska que pocas veces era realmente blanco como debería de ser y que tenía la misma edad que yo hasta el día de su muerte; también de un día que fuimos a un rancho en donde celebraron un bautizo. Se hizo de noche y pasamos horas cazando luciérnagas que nos frotábamos luego en la ropa o guardabamos en los bolsillos. No recuerdo de mucho más. De adolescente era ya más clara mi urgencia por parecer hombre y poder hacer cosas como beber y entrar a bares, por suerte o desgracia mi primo me ayudó con eso y a los doce ya sabía lo que era una resaca y tuve mi primer tatuaje -en un principio era un ave fénix excelsa, ahora sólo un guajolote-. Cuando por fin tuve a esa edad en la que se puede consumir alcohol legalmente, llegó la etapa del piterpanismo y me rehusé (en realidad me sigo rehusando) a crecer muchos años hasta que fue inevitable y me vi en la necesidad de, a punta de bofetadas, asumir lo que ahora soy. Todo eso pensaba mientras veía Amour (última película de Haneke) porque siempre, gran parte de mí le teme profundamente a convertirse en anciano...
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Hasta hace unos días seguía en instagram a Naomi O, una japonesa que fotografía comida y naturaleza, pero principalmente comida. En algún momento me llegó a obsesionar su vida. Pareciera que todo lo que la rodea es perfecto: sus muebles, su casa, sus utensilios de cocina. La manera en la que muestra al mundo su almuerzo del día es tan impoluto y bello que irrita. He llegado a imaginar tantas cosas detrás de esas imagenes, es decir, toda una vida llena de lujos y pretenciones dignas de un narco o gangster. Y nada, decidí dejar de seguirla. Habemos quienes un día simplemente ya no podemos con tanta perfección...
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Hay quienes cantan en la regadera. Yo, en cambio, doy ponencias. El otro día impartí una sobre uso del polisíndeton en un texto de Macedonio Fernández. También hago disertaciones en torno al amor o simplemente justifico mis fracasos: "¿por qué en un año de latín no logré aprender nada?", por ejemplo. Y pues, eso...
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Hoy me compré unos cd's porque estoy aburrido y los pondré en instagram; o cómo la foto de unos cd's nuevos también puede fungir como la más hermosa postal de la derrota y algo de felicidad...
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Odio los Domingos...

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