Esa tarde salí con Valeria a caminar por el centro de la Ciudad de México. Terminamos en un café.
Al entrar mi atención se centro en una pintura. Pintura reposada en una silla a lado de una anciana.
Después de un rato no pude evitar preguntar por el autor y fue así como conocí a la viuda del profesor Ventura, gran pintor chiapaneco, de quién no sabía absolutamente nada.
Era un ser misántropo, nos contó su esposa, se limitaba a tener el menor contacto con el mundo fuera de su taller. Cuenta que sus pinturas sólo las tienen personas cercanas a él y que jamás lucró con su obra; sus obras se las quedaban quienes aparecían en ellas. Fue bastante emotivo e interesante leer algunas de las cartas del profesor Ventura hablando de su loro y de como respetaba los tiempos de su comida. Pinche loro, era más educado que yo, no aceptaba la galleta antes que la fruta.
Del interés por Héctor Ventura, pasé al de una mujer anciana que se ha dedicado a viajar por todas partes desde que murió su esposo. Nos cuenta de los lugares que ha visitado y a cuales jamás volvería. Cuenta como fue que hace dos años se rompió la pierna en Mountmatre y aún sufre dolores por ello, que no le gusta la comida en Dafen, que en Oxford es un viaje en el tiempo. Y yo aquí queriend ir a todos lados con 20 pesos.
No recuerdo haber conocido a alguien con tan buena memoria. La capacidad que tiene para mencionar la fecha exacta de cada suceso es impresionante; y ahí, lleva su martirio, recuerda con exactitud el día y la hora en que murió su esposo, no quiso hablar al respecto, se le llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Lo cuál me hizo preguntarme si algún día alguien llorará sinceramente mi muerte años después de muerto y siga haciéndole falta a su vida.
De pronto, me entristeció no estar triste desde hace mucho tiempo, no tener a alguien a quién abrirle el estómago para acurrucarme dentro a modo de nido. Alguien a quién regalarle mis mejores historias o ese sentimiento en el estómago que se tiene cuando te subes a un columpio después de tanto tiempo tiempo de no hacerlo. Menos mal que llegaron con mi tercera taza de café y se me paso la tristeza, la mesera era lo suficientemente guapa para olvidar cualquier malestar y a mi, a veces, me dura más una erección que un sentimiento.
Escribo esto porque me encantó tener la oportunidad y el gusto de conocer a la señora Isabel y parte de su vida y pasiones; y porqué aprendí de ella (como de todas las personas que me tomo el tiempo de sentarme a platicar):
●Las tristezas no tienen porque ser compartidas.
●Disfrutar de quienes te rodean como si fuera tu último día en la tierra. Podría serlo.
●Disfrutar la vida en lugar de pasarla en ambiciones y/o buscando ser recordados. ¿Por y para qué?
●El Amor existe (si, es subjetivo, pero nos hace felices en cualquier forma que lo concibamos).
●Y la más importante: cagate en dinero para poder ir a romperte la pata a tu lugar favorito.
Vivir los placeres simples cada día...

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