Ella se derretía ante tus ojos y tú presenciabas aquella transformación de mujer en torrente sin ser capaz de absorber una sola gota del manantial que te regalaba.
- Toda para ti, toda tuya - repetía con una convicción tal que te dejaba desarmado y entonces sí sentías cómo tus piernas eran arrastradas por la corriente de esa marea que te envolvía, te atrapaba.
- Toda - decía culminando, haciendo del abrazo una batalla que ya habías perdido. - Toda - y te sabías completamente suyo.

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